Las
décadas finales del siglo XIX, abrieron las puertas de una modernidad propia
que conjugó deficiencias estructurales con la imitación y adaptación de
elementos foráneos. Bajo esa atmósfera caracterizada por la incorporación masiva de
elementos europeizantes, la inmigración planificada europea, destinada a
resolver los problemas de mano de obra y propagar las “formas civilizadas”,
trajo consigo consecuencias que escaparon al control de la elite dirigente e
inevitablemente confrontaron ciertos supuestos del proyecto modernizador.
Buenos
Aires fue el epicentro de lo que después avanzó sobre el resto del país. El
contacto entre el inmigrante y el criollo trajo consigo efectos culturales profundos.
Se inició un proceso por el que paulatinamente se iba imponiendo un nuevo tipo
social que adquirió características de conglomerado por su indefinición en las
relaciones entre sus partes y en las de su conjunto, que José Luís Romero
definió como aluvial[1].
Mientras que el conglomerado aluvial
se abría paso con fuerza vital, la Argentina criolla pasó engrosar la nostalgia
de algunos que la imaginaron como época dorada. Este cruce entre masa
inmigratoria y sociedad criolla imprimió en los sectores populares nuevas
formas caracterizadas por elementos autóctonos y cosmopolitas que, fusionados,
yuxtapuestos o en conflicto engendraron
una forma cultural híbrida que gradualmente tendería al equilibrio.
