En
términos estratégicos podemos especular estableciendo que el origen del
sindicalismo de negocios respondió a fines utilitarios. Es decir, formas
organizativas nacidas desde el “instinto de preservación” que la cúpula
dirigencia activó a partir del avance que la alianza conformada por un sector
de la burguesía y el Estado acordaron sobre los trabajadores. El mismo tuvo
como objetivo el aumento de la productividad estableciendo criterios racionales
en el desarrollo del proceso productivo que significaron una desregulación de
las condiciones de trabajo procurando su precarización y flexibilización. En
estas condiciones, la salud de la organización sindical y de su grupo dirigente
comenzó a depender del “martirio” de los trabajadores. La venta de servicios se
estipuló en el único sostén del vínculo entre los dirigentes y una masa de afiliados
desmovilizados y cautivos del incipiente
sistema. Básicamente, este mecanismo gravitó en el control que el sindicato comenzó
a ejercer sobre las obras sociales que determinó una transferencia obligatoria
de una fracción del salario. Este modelo que se consolidó en plena
correspondencia con la lógica empresarial que iba impregnando a la sociedad y
sus instituciones fomentaba la competencia entre las distintas obras sociales
por sumar afiliados generando una selección de acuerdo a las leyes del mercado de
aquellas más competentes, desde el aparente beneficio de la “libertad de
opción” que gozan los trabajadores. A esto, debemos sumar que el proceso de
desindustrialización instalado en la Argentina en las últimas tres décadas del
siglo XX terminó justificando esta fuente de recursos desanclada de la
producción. Al mismo tiempo, hizo modificar las relaciones de fuerza dentro de
movimiento obrero, relegando a los sindicatos industriales de los lugares de
peso para ser ocupados por los de servicios. La cúpula dirigencial evolucionó
en este sentido. Este régimen del cual podemos rastrear sus orígenes en el
vandorismo y la regulación de
asociaciones y de obras sociales formulada por la dictadura de Onganía[1],
marco legal del sistema, no solo generó la posibilidad a las organizaciones de
autofinanciarse por fuera de la esfera productiva, fomentó además una vía de financiamiento a la política en
forma de aportes a campañas de candidatos dispuestos a preservar el status quo.
Con todo, el cuestionamiento que podamos hacerle a este mecanismo, cuanto menos
infructuoso, no puede evitarnos observar que el mismo no es ajeno a la manera
que la sustancialidad de los social adquiere dimensión institucional. Concretamente,
la manera en que se reorganiza la sociedad y sus instituciones son
construcciones que emanan de concepciones hegemónicas, y por lo tanto
históricas.
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martes, 28 de julio de 2015
domingo, 1 de febrero de 2015
Ideas y problemas en torno a la formación del Estado de masas en la Argentina
Hegemonía y burocratización
Indefectiblemente la conformación del Estado de masas en la Argentina tuvo anclaje en procesos globales. El periodo de entreguerras estuvo atravesado por el corrimiento del ordenamiento mundial tras el quiebre del patrón oro. La crisis orgánica de la era liberal del capitalismo llevó a la recomposición de las pautas de acumulación y la reformulación del bloque hegemónico. Esto dio lugar a una nueva configuración de las relaciones en entre Estado y sociedad. La idea de una sociedad de individuos propia del liberalismo contractualista mutó a la de una sociedad de organizaciones. En esta fase de capitalismo organizado, la eficiencia del poder emanó de la racionalidad técnica y su incorporación al aparato del estatal, reformulando su estructura conforme a formas novedosas de articulación entre política, economía y sociedad. Este “estado de compromiso” definido así por Juan Carlos Portantiero, requirió nuevas instancias de representación tanto en regímenes totalitarios como democráticos.[1] En estos últimos, la antigua tensión entre el principio filosófico de la democracia y sus condiciones de institucionalización adquirió, con el advenimiento del Estado de masas nuevas aristas y posibilidades de domesticación relativa.[2]
sábado, 12 de noviembre de 2011
Un pueblo inalcanzable. El proyecto y sus desmesuras en los orígenes de la Nación
De breve vida pública pero suficientemente intensa como para dejar un legado, miembro promisorio de la minoría ilustrada llamada a guiar al resto por el "camino de la virtud y la moral republicana"[1], Mariano Moreno ha dejado su huella en la Revolución.
Desde una concepción elitista y tutelar de la sociedad, su esfuerzo combinó transformación con pedagogía revolucionaria: "EDUCAR AL SOBERANO". En esta perspectiva, el Decreto de Supresión de Honores redactado en plena coyuntura revolucionaria devuelve nuevos sentidos.
martes, 18 de octubre de 2011
Neurosis colectiva: El pogrom de 1919
La introducción del sufragio universal en 1912 y, cuatro años más tarde, el triunfo de Hipólito Yrigoyen en las elecciones presidenciales marcan el ingreso en la vida política del país de los sectores medios y populares. Sin embargo, la configuración del poder en la Argentina no se modificaría y el periodo radical estuvo signado por la conflictividad social. La oligarquía vio como la clase media comenzó a ocupar espacios en cuanto a lo político, lo cultural y lo social, antes reservados para sí. La movilidad social ascendente posibilitó que buena parte de esa clase media estuviera conformada por hijos de inmigrantes, transformándose en los sujetos aglutinantes de la cultura de mezcla. La ruptura del orden de la ciudad liberal tensionó la relación con el gobierno, y amenazada por la “invasión” la oligarquía cerró filas y empezó a pensar en “la espada” como purificación.
El periodo radical se caracterizó al mismo tiempo por su escaso reformismo en lo social. El crecimiento económico ligado al modelo agroexportador estimuló el crecimiento de un mercado interno y el desahogo de la clase media. El alto índice de ocupación fue acompañado por niveles críticos de explotación y baja del salario. La creciente sindicalización de los sectores obreros y las huelgas tensionaron la relación con el gobierno llegando a escaladas violentas como la Semana Trágica de enero de 1919.
La complejidad del conflicto social de la época no termina de entenderse si no se presta atención al componente xenófobo. Si hasta el Centenario los prejuicios hacia el extranjero fueron de carácter estético o cultural, a partir de allí, el rencor pasó a ser social, y por ende político. Como bien sintetiza David Viñas, patologización, criminalización y punición.[1] Las xenofobia se yuxtapuso al conflicto de clase, y este fue humus fértil para que germine la reacción “nacionalista aristocrática”. Literaria, en hombres como Manuel Gálvez con El diario de Gabriel Quiroga, de choque en grupos de civiles armados como la Guardia Blanca, germen de la futura Liga Patriótica en los ’20.
“Incomodan a los criollos de pura cepa las nuevas ideas; incomoda la preponderancia que el elemento obrero, extranjero o de estirpe extranjera, pero argentino de alma, toma en la vida pública. Siempre ha sido mirada de muy malos ojos toda manifestación obrera, que significa extranjera” (Roberto Giusti, Nosotros Nº 26, febrero de 1910).[2]
Pesadilla, de Pinnie Wald exige ser interpretado bajo esta clave. Wald vive en carne propia el irracional y violento ataque a judíos en el barrio de Once durante la Semana Trágica. En su relato Buenos Aires es presa de un estado de desorden extremo, un desajuste de lo real provocado por la pérdida de elementos de referencia del contexto. ¿Qué inspira a un semejante a llevar a cabo una aberración de tal magnitud ? Precisamente el no ser considerado como tal, sino como un elemento amenazante: “Yo era el objeto de lo desconocido y, por lo tanto, de lo temido y peligroso. Yo era el otro, el extranjero, el innombrable, el distinto".[3] El terror inducido por las fuerzas del orden y los “niños bien” aglutinados en la Guardia Blanca durante el pogrom no fue espontaneo, su base fue la yuxtaposición de xenofobia y conflicto de clases. El blanco de la violencia fue el judío de clase baja.[4] Wald, encarcelado por el delito de ser el “Presidente del Soviet en la argentina a cargo de un complot maximalista”, fue militante y miembro activo del movimiento obrero. En enero de 1907 había fundado la Organización Socialista Democrática Judía Avangard Bundista y era jefe de redacción de su revista, Der Avangard, escrita en idisch, suficiente para ser considerado subversivo para la inteligencia policial de la época.
En ese mundo de representaciones, el judío de clase baja materializó la alteridad en su máxima expresión en términos de hábitos y prácticas, transformándose en una autentica amenaza para el ser nacional: “Más salvajes aún resultaron ser las manifestaciones de los “niños bien” traídos por la tormenta. Bajo los gritos de “¡Muerte a los judíos! ¡Muerte a los extranjeros maximalistas!”, celebran orgías y actúan de una manera refinada, sádica, torturando a los transeúntes. He aquí que detienen a un judío y, después de los primeros golpes, de su boca mana sangre en abundancia. En esta situación le ordenan cantar el Himno Nacional. No puede hacerlo y lo matan en el mismo lugar”. [5]
[1] Viñas, D., Literatura argentina y política. Tomo II De Lugones a Walsh págs. 89-94. Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2005.
[3] Wald, P., Pesadilla .Una novela de la Semana Trágica, págs. 66. Rosario, Ameghino, Buenos Aires, 1998.
[4] Szwarcbart, H., Un pogrom en Buenos Aires, 3 al 15 de abril, 2007. 9no. Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
[5] Wald, P., op. cit. págs. 22-23 .
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