domingo, 6 de diciembre de 2015

¿Qué clase(s) de batalla es la “batalla cultural”?


Por Eduardo Grüner *

1 Hace algunos días, María Pía López publicó en este diario un muy interesante artículo titulado “Batallas y hegemonías”. Puesto que en él menciona elogiosamente un trabajo mío sobre Gramsci y Bajtin –generosidad poco común que le agradezco–, no deja de provocarme cierta incomodidad hacer a mi vez el elogio de su texto. No vacilo, sin embargo, en “distraerme” momentáneamente de ese pudor, para decir muy en serio que se trata probablemente de un artículo que (ojalá) va a dar mucho que hablar. En primer lugar, porque revela una encomiable voluntad de “apertura” y de pensamiento crítico dirigido no solo al adversario, sino como reflexión honesta sobre el propio lado, sin “limar la criticidad de lo que incluye”, para usar sus propias palabras, y de esa manera propone empezar a quebrar la inercia de un “sentido común” (concepto gramsciano si los hay), y ciertamente “hegemónico”, que pretende que la sociedad argentina de hoy está dividida en dos bloques nítidamente delimitados por la adhesión u oposición incondicionales e in toto a un gobierno. Los señalamientos a propósito de la muestra del Palais de Glace sobre el “pensamiento nacional” no son, en efecto, anecdóticos: incluir nombres filosófica e ideológicamente tan diferentes entre sí como Borges, Viñas, Rozitchner, Astrada, etcétera, supone pensar la cultura nacional no como un monumento monolítico sin fisuras (ése fue el problema del “revisionismo histórico” tradicional: se limitó a invertir de manera simétrica y especular el “panteón de los héroes” mitrista, de modo semejante a como Lugones –y de esto María Pía sabe mucho más que yo– transformó a Martín Fierro en el Gaucho de Mármol alegórico de una argentinidad abstracta), sino como un espacio en movimiento, atravesado por conflictos y tensiones que redefinen permanentemente los propios límites de ese espacio y las lógicas con las cuales pensarlo. Comparto enfáticamente (aunque quizá, sospecho, por razones no exactamente iguales, de modo que no se la puede hacer responsable a ella por lo que pienso yo) el fastidio con la expresión “batalla cultural”. Es un sintagma que sugiere que la cultura es una suerte de uniformidad armónica y unitaria, donde cada tanto (¿en años electorales, por ejemplo?) emerge la “anomalía” de un conflicto de intereses actuado simbólica e ideológicamente. Mi visión es otra: aún si se quiere seguir usando esas palabras, no hay tal (ocasional) “batalla cultural”, sino que la cultura es, por definición, un campo de batalla perpetuo; y donde, al revés, son los momentos de aparente “paz” los que deben considerarse “anomalías” producidas por la “hegemonía” del pensamiento dominante, que –como habría dicho Adorno– siempre pretende presentar la realidad (social, cultural, política) como reconciliada, o al menos potencialmente reconciliable. Para este pensamiento “hegemónico”, por ejemplo, los “problemas” de un sistema injusto y expoliador (pongamos el del sociometabolismo del Capital, como lo denomina Istvan Mészaros) son “defectos” que al sistema le “falta” subsanar mediante la “profundización” de medidas compensatorias. Esto es exactamente lo que –entre tantos otros– Gramsci o Bajtin, cada uno a su modo, vienen a discutir. Vamos a la cuestión.


2 Antonio Gramsci y Mijail Bajtin son dos pensadores (y militantes) de izquierda extraordinarios que, aproximadamente en la misma época –entre las décadas de 1920 y 1930–, tuvieron que sufrir durísimo castigo por su práctica teórica y política, el primero en la cárcel fascista, el segundo en los gulags del estalinismo (ambos, curiosamente, tuvieron una extraña relación con el papel en que escribían: Gramsci hacía salir sus Cuadernos de la Cárcel en rollos de papel higiénico, Bajtin quemó buena parte de su obra para calentarse en las gélidas noches siberianas; ¿no es una descomunal metáfora de la materialidad conflictiva de la cultura?). Su valor indiscutible es el de haber enriquecido y complejizado la teoría marxista “ablandando” las rigideces del esquema “base económica / superestructura” para mostrar que la cultura (incluyendo la literatura y el arte, y empezando por la propia lengua que se habla) es ella misma un escenario “básico” de las relaciones sociales y políticas de poder. Tiene toda la razón María Pía López al recordarnos que, en este contexto, un “régimen de creencias que es, precisamente, el de la hegemonía (...) nos remite al orden de las clases”. Y aún habría que agregar más: con todo su estimulante “ablandamiento” de los mecanicismos del marxismo vulgar, ni Gramsci ni Bajtin renunciaron jamás al punto de apoyo de la lucha de clases para entender la cultura (Gramsci, incluso, no abandonó jamás la perspectiva futura de una “dictadura del proletariado”). Se puede aceptar o no ese punto de apoyo, pero convengamos en que partiendo de él como lo hacen los autores de marras, se torna problemática la afirmación de que “éstas (las clases) confluyen aceptando aquello que no proviene de sus propias filas”, y que “(la de hegemonía) es noción que articula el conflicto y la conciliación”. Pero, “conflicto” y “conciliación” no son elementos preexistentes que pueden “articularse” en una “tercera posición” entre ambos, porque son inconmensurables: no pertenecen al mismo “territorio” teórico, ideológico, político. La mejor prueba de ello es que, aun a riesgo de simplificar un tanto, se puede perfectamente decir que las grandes teorías sociológicas y políticas, desde Platón hasta hoy, se dividen inconciliablemente entre las que piensan la sociedad y la política como “articuladas” por la lógica del conflicto o la de la conciliación. Por supuesto que en toda sociedad hay etapas de conciliación (entre clases) o de pactos (entre adversarios antagónicos); pero justamente son el efecto de una relación de fuerzas ganadas o perdidas en el conflicto. Si partimos –como lo hacen Gramsci y Bajtin– de que es el conflicto (entre las clases, con sus respectivas alianzas con fracciones de otras clases, etc.) el concepto “articulador”, la conciliación se subordina al desarrollo del conflicto (“empate hegemónico”, etc., en Gramsci). Esa lógica obliga, más tarde o más temprano, a elegir el “bloque” (de clases / alianzas) que cada cual apoyará en el conflicto “estructural”.


3 La “aceptación de lo que no viene de las propias filas” es, pues, testimonio de la hegemonía del adversario (se entiende que estamos hablando de los “bloques” antagónicos: los individuos pueden aceptar o rechazar lo que les venga en gana). Con todas las mediaciones y complejidades correspondientes, la hegemonía tiene siempre una naturaleza de clase. Cuando Bajtin habla de “dialogismo”, no se refiere a ninguna “transparencia comunicativa” al estilo Habermas, sino –más bien al contrario– a un diálogo conflictivo entre “acentos” sociales contrapuestos, en el que cada bloque intenta, efectivamente, “apropiarse” de la palabra del otro, y su triunfo “hegemónico” consiste precisamente en el ocultamiento del conflicto: por ejemplo, cuando se dice que alguien habla “español”, ese enunciado inocente es el síntoma de una hegemonía ocultadora del conflicto entre diversas lenguas (castellano, vasco, catalán, aragonés, galaico-portugués, etc.) que, en su momento, fue barrido bajo la alfombra de la unificación lingüística por parte del Estado franquista. La hegemonía por la que aboga Gramsci no es entonces la del Estado (eso es, en el mejor de los casos, una forma de “revolución pasiva”), sino la de la construcción “nacional-popular” (son palabras del propio Gramsci) conducida por las masas trabajadoras y sus aliados independientemente del Estado y las clases dominantes. Esa construcción, que en una primera etapa es contrahegemónica, tiene que partir, obviamente, del “sentido común” realmente existente, que incluye “lo que no viene de las propias filas” (por eso la hegemonía la tiene el otro), pero lo hace para desarrollar su propia búsqueda de hegemonía. Lo mismo hace el Estado –y más en particular, un gobierno–: cuando acepta incluir en su proyecto demandas “que no vienen de sus propias filas” (¿es eso lo que está diciendo la autora?, ¿que el actual gobierno tuvo que aceptar demandas que no hubiera aceptado de haber sido mayor su hegemonía inicial?, es una hipótesis...) puede hacerlo porque las cree legítimas, o porque las va a utilizar para su propia construcción hegemónica, o por una combinación sui generis de ambas cosas (dar con la tecla correspondiente sería una buena manera de calificar a un gobierno). En todo caso, lo que no se puede suponer desde una perspectiva “gramsciana” es que el Estado planea en el cielo platónico, por encima del conflicto entre los bloques (de clases) de la sociedad. Para entender esto, entre otras cosas, sirve la noción gramsciana de “Estado ampliado”: el Estado incluye a la sociedad, y por lo tanto a sus conflictos, entre los cuales siempre termina tomando partido. Supongamos –es un decir– que la sociedad acepte que el centro de la “batalla cultural” está ocupado, no por el conflicto entre las clases, sino por dos contendientes llamados “Estado” y “Mercado”, como si en la sociedad capitalista el Estado nada tuviera que ver –y más aún, fuera el antagonista “irreconciliable”– con los resortes del poder económico. Si una sociedad cree eso, es porque hay, ciertamente, “hegemonía”, pero no precisamente la que desearía un Gramsci o un Bajtin.


4 En fin, permítaseme insistir en que –aunque mis propias conclusiones difieran en algunos puntos– el artículo de María Pía López es una bocanada de aire fresco en un clima de debate bastante enrarecido. Por suerte, no es lo único. A raíz del apoyo (con “reserva de crítica”, si puedo llamarlo así) que ha dado un número bastante impresionante de intelectuales, docentes y artistas a la conformación reciente del Frente de Izquierda, se viene produciendo entre muchos de ellos (o de nosotros) un muy rico debate que tampoco “lima la criticidad de lo que incluye”, con completa autonomía para criticar lo que se considere criticable de las ideas y prácticas de las izquierdas partidarias o no (las discusiones pueden leerse completas en el blog del Instituto de Pensamiento Socialista). Es decir: por un lado, intelectuales simpatizantes del Gobierno están dispuestos a hacer críticas sobre sus modos de construcción de hegemonía; por el otro, las duras izquierdas locales están dispuestas a escuchar críticas a sus propios modos políticos. ¿Será una muestra de aceptación de “lo que no viene de las propias filas”? De cualquier manera, como novedad, no es poca cosa.






* Sociólogo, profesor de Teoría Política (UBA).



http://www.pagina12.com.ar/diario/debates/32-169889-2011-06-11.html

martes, 28 de julio de 2015

Navegando sobre aguas turbulentas. Aproximaciones en torno a la burocracia sindical y los sindicatos en los albores del capitalismo organizado



En términos estratégicos podemos especular estableciendo que el origen del sindicalismo de negocios respondió a fines utilitarios. Es decir, formas organizativas nacidas desde el “instinto de preservación” que la cúpula dirigencia activó a partir del avance que la alianza conformada por un sector de la burguesía y el Estado acordaron sobre los trabajadores. El mismo tuvo como objetivo el aumento de la productividad estableciendo criterios racionales en el desarrollo del proceso productivo que significaron una desregulación de las condiciones de trabajo procurando su precarización y flexibilización. En estas condiciones, la salud de la organización sindical y de su grupo dirigente comenzó a depender del “martirio” de los trabajadores. La venta de servicios se estipuló en el único sostén del vínculo entre los dirigentes y una masa de afiliados  desmovilizados y cautivos del incipiente sistema. Básicamente, este mecanismo gravitó en el control que el sindicato comenzó a ejercer sobre las obras sociales que determinó una transferencia obligatoria de una fracción del salario. Este modelo que se consolidó en plena correspondencia con la lógica empresarial que iba impregnando a la sociedad y sus instituciones fomentaba la competencia entre las distintas obras sociales por sumar afiliados generando una selección de acuerdo a las leyes del mercado de aquellas más competentes, desde el aparente beneficio de la “libertad de opción” que gozan los trabajadores. A esto, debemos sumar que el proceso de desindustrialización instalado en la Argentina en las últimas tres décadas del siglo XX terminó justificando esta fuente de recursos desanclada de la producción. Al mismo tiempo, hizo modificar las relaciones de fuerza dentro de movimiento obrero, relegando a los sindicatos industriales de los lugares de peso para ser ocupados por los de servicios. La cúpula dirigencial evolucionó en este sentido. Este régimen del cual podemos rastrear sus orígenes en el vandorismo y la  regulación de asociaciones y de obras sociales formulada por la dictadura de Onganía[1], marco legal del sistema, no solo generó la posibilidad a las organizaciones de autofinanciarse por fuera de la esfera productiva, fomentó además  una vía de financiamiento a la política en forma de aportes a campañas de candidatos dispuestos a preservar el status quo. Con todo, el cuestionamiento que podamos hacerle a este mecanismo, cuanto menos infructuoso, no puede evitarnos observar que el mismo no es ajeno a la manera que la sustancialidad de los social adquiere dimensión institucional. Concretamente, la manera en que se reorganiza la sociedad y sus instituciones son construcciones que emanan de concepciones hegemónicas, y por lo tanto históricas.

domingo, 14 de junio de 2015

Favio y el Hilo de Ariadna

La vigencia de Crónica de un niño solo (1965) como lupa de nuestro tiempo sorprende y asusta. La realidad invita a volver sobre ella a partir de la identificación de huellas que conducen a un "nosotros" de manera inapelable. Reconocer un intertexto que se presenta ajeno pero que en su profunda densidad nos permite observar sentidos que se presentan iluminados en diferentes intensidades dentro de la cultura argentina.

Concebida en los sesenta, se distancia sustancialmente de aquellas películas filmadas durante el peronismo donde el contenido social del melodrama tenía un correlato con la justicia social y la integración a la política de la clase trabajadora. Leonardo Favio comienza a filmar diez años después a la caída de Perón, el contexto político y social ya no es el mismo como tampoco la relación que en adelante establecerá el Estado con los sectores que supo acoger. Es en la primer parte del film que quedan expresados los nuevos tiempo con total contundencia. La niñez de los desclasados, sujeto otrora privilegiado, es el cuerpo donde comienza a ejecutarse impiadosamente la “revancha”. En este sentido, el reformatorio donde transcurre sus días niños “olvidados” como Polín, se configura en un asfixiante y opresivo panóptico donde el vigilar y el castigar adquiere la forma de "linea de montaje" que delinea sus mentes y famélicos cuerpos "en serie".  
Crónica, como sucede con los films que componen la primer etapa de la producción de Favio, transita el camino iniciado por Leopoldo Torre Nilsson y su relectura estética de Robert Bresson y el neorrealismo italiano, donde los silencios de los personajes ocupan el mismo rango que  sus diálogos a la hora de expresar sentimientos y estados de ánimo, cuerpos que somatizan y adquierien mayor centralidad que la trama en la composición de la obra. Podríamos decir que esta fórmula cuajó bien con un relato que buscó reflejar el clima de autoritarismo y violencia que atravesó la década. 
Debemos volver a el reformatorio. Muros grises y desnudos, siniestros celadores “capangas”, anonimato y ausencia de símbolos oficiales en una entidad correccional estatal, sugieren la antesala de una mutación estatal que reformulará las condiciones de la vida pública. Las cosas parecieron presentarse claramente para Favio, solo es cuestión de ultimar algunos movimientos para que el “correctivo” se termine de ejecutar. Patrullaje y punición.  Diez años después, una vez eliminados los últimos resabios políticos de un tiempo que “no debió suceder”, la “anónima” máquina de vigilancia y castigo quedó discrecionalmente subordinada a la sed de venganza que recaía sobre los “cabeza negra”. 
Favio no anticipa lo que está por venir. Registra lo que vive y percibe el peligro que engendra su proyección. Espera y desea a través de los ojos de Polín un corte, un nuevo comienzo de los tiempos míticos, aunque más no sea sobre el martirio de los "desheradados" de su tiempo. Pero el proceso no se corrige y de manera irreversible adopta la eficacia de la maquina. Entonces  la despersonalización del exterminio; la tiniebla desbordante desde donde el poder inquisidor construye testigos que no dan testimonio, crónicas sin registros y lugares sin nombre; el ideal panóptico traspasando los muros y abarcando todo el entramado social a nivel molecular. Y ha sido tan profunda su raigambre que no obstante la distancia y el largo periplo de exorcismos realizados, no hemos podido todavía despojar del todo ese pesado lastre que nos acompaña hasta nuestros días. Aunque ya no de manera desprejuiciada como en las épocas de terror, siguen blandiendo con tenaz decisión toda un casta de “capangas” y su vocación “vigilante” para con la "bazofia" que la milicada no ha podido eliminar y que continua reproduciéndose en los márgenes de la “civilización” exponencialmente. 

Por eso la mirada que nos hecha Polín sigue incomodando hasta la medula y nos empuja a pensar la vigencia de formas destructivas que componen la cultura argentina. Esa compleja polisemia de un ethos autoritario en el que confluyen elementos clasistas, racialistas y de género.

Crónica de un niño solo (1965)

La revolución desde el inframundo

Arlt, el cronista sin tiempo

Hoy comienza la serie de treinta episodios que adapta las dos novelas del autor de El juguete rabioso, dirigida por Fernando Spiner y Ana Piterbarg. La traslación de la prosa arltiana a guión televisivo estuvo a cargo de un equipo liderado por Ricardo Piglia. 
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/8-35313-2015-04-21.html



"(...) Pero ya que insinuamos las dos palabras que solicitan la atención del lector de este libro -política y locura- podríamos señalar el estado de la vorágine en que se hallan las ideas políticas, cuando por más contrapuestas que sean, se combinan entre sí. Y esta combinación ocurre no a través de sus enunciados literales, sino a través de equivalentes puntos de intensidad, que son transideológicos. Pero esta situación, que en Arlt se indica con las mascaradas del jeroglífico o el misterio de la autoridad, no concluye en una estrepitosa humorada sobre la insigne "ensalada rusa" entre fascismo y bolcheviquismo que postulaba el Astrólogo, sino en una no menos revulsiva idea del sueño. El choque de mundos ideológicos y políticos crea una vida de sueño"


Horacio González, Arlt. Política y locura


"Los siete locos y Los lanzallamas son textos de crisis. Plantean conflictos que no pueden resolverse sino por la violencia o el aniquilamiento. Situaciones sin salida, condenadas desde el principio. Todo lo que se haga simplemente las vuelve más intrincadas e irreversibles. Como sonámbulos (el sonambulismo es un estado que las novelas de Arlt evocan muchas veces), los personajes siguen una pista equivocada que los aleja cada vez más de aquello que, en algún momento, creyeron desear. Las suertes están jugadas de antemano y las novelas muestran lo inevitable. La angustia de Erdosain, ese sentimiento moderno que hace la modernidad de la ficción arltiana, es una cualidad objetiva. La angustia está en la naturaleza social de las cosas, un sentimiento hegemónico por el cual la subjetividad se carga con el conflicto irresoluble que ya ha sido jugado en la dimensión objetiva. En este sentido, las novelas de Arlt son «realistas»: ponen en escena las condiciones de las que nadie puede liberarse sin violencia. Arlt denuncia los límites de cualquier cambio que no sea radicalmente revolucionario, es decir, que no destruya las condiciones existentes. No importa cuál sea el sentido de ese cambio, lo que importa es que sea total. La ficción arltiana tiene un imaginario extremista, por eso abundan en ella los conspiradores, las sociedades secretas, los liderazgos carismáticos, la obediencia y la traición. Por eso la revolución resulta de una voluntad decidida, un grupo inquebrantable, una tecnología social y un mito movilizador. El Astrólogo: Sorel en el Río de la Plata."

Baetriz Sarlo, Roberto Arlt, excentrico


Los Siete Locos y Los Lanzallamas

martes, 9 de junio de 2015

“Nosotros” y los “otros”. La elite y los sectores populares en la Argentina del Centenario

Las décadas finales del siglo XIX, abrieron las puertas de una modernidad propia que conjugó deficiencias estructurales con la imitación y adaptación de elementos foráneos. Bajo esa atmósfera caracterizada por la incorporación masiva de elementos europeizantes, la inmigración planificada europea, destinada a resolver los problemas de mano de obra y propagar las “formas civilizadas”, trajo consigo consecuencias que escaparon al control de la elite dirigente e inevitablemente confrontaron ciertos supuestos del proyecto modernizador.
Buenos Aires fue el epicentro de lo que después avanzó sobre el resto del país. El contacto entre el inmigrante y el criollo trajo consigo efectos culturales profundos. Se inició un proceso por el que paulatinamente se iba imponiendo un nuevo tipo social que adquirió características de conglomerado por su indefinición en las relaciones entre sus partes y en las de su conjunto, que José Luís Romero definió como aluvial[1]. Mientras que el conglomerado aluvial se abría paso con fuerza vital, la Argentina criolla pasó engrosar la nostalgia de algunos que la imaginaron como época dorada. Este cruce entre masa inmigratoria y sociedad criolla imprimió en los sectores populares nuevas formas caracterizadas por elementos autóctonos y cosmopolitas que, fusionados, yuxtapuestos o en conflicto engendraron  una forma cultural híbrida que gradualmente tendería al equilibrio.

¿La historia de una infamia o la infamia de la historia? Desmesuras de la política y la condición humana

El atroz redentor Lazarus Morell

LA CAUSA REMOTA

En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe. Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor Lazarus Morell.

sábado, 30 de mayo de 2015

Una Evita para nuestros marginales

Evita vive

1. 

Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?".

Un dilema grave y pesado ¿De qué hablamos cuando hablamos de la clase obrera?


Hermética, Ácido argentino (1991)


Gil trabajador




El tormento del vino artificial
y su atmósfera parrillera
anestesian la conciencia común, 
que transcurre su infancia
en la tierra estomacal 

Masticando esta siniestra heredad, 
prisionero estoy en mi ciudad natal
donando sangre al antojo de un patrón
por un misero sueldo 

Con el cual no logro esquivar
el trago amargo de este mal momento. 
Mientras el mundo, policía y ladrón, 
me bautizan sonriendo, gil trabajador. 

Bestia humana que duermes aún
de la cuna al ataud, 
extraviada del rumbo a seguir
por ignorar que no existe el fin
del que escapar. 

De Pacheco a la Paternal, 
de Dock Sud a 3 de Febrero, 
mil amigos con el corazón
esperan esta canción 

Para atravesar
el trago amargo de este mal momento
Mientras el mundo, policía y ladrón, 
me bautizan sonriendo, gil trabajador. 

Gil, gil trabajador.


(Ricardo Iorio)

domingo, 1 de febrero de 2015

Ideas y problemas en torno a la formación del Estado de masas en la Argentina


Hegemonía y burocratización 

Indefectiblemente la conformación del Estado de masas en la Argentina tuvo anclaje en procesos globales. El periodo de entreguerras estuvo atravesado por el corrimiento del ordenamiento mundial tras el quiebre del patrón oro. La crisis orgánica de la era liberal del capitalismo llevó a la recomposición de las pautas de acumulación y la reformulación del bloque hegemónico. Esto dio lugar a una nueva configuración de las relaciones en entre Estado y sociedad. La idea de una sociedad de individuos propia del liberalismo contractualista mutó a la de una sociedad de organizaciones. En esta fase de capitalismo organizado, la eficiencia del poder emanó de la racionalidad técnica y su incorporación al aparato del estatal, reformulando su estructura conforme a formas novedosas de articulación entre política, economía y sociedad. Este “estado de compromiso” definido así por Juan Carlos Portantiero, requirió nuevas instancias de representación tanto en regímenes totalitarios como democráticos.[1] En estos últimos, la antigua tensión entre el principio filosófico de la democracia y sus condiciones de institucionalización adquirió, con el advenimiento del Estado de masas nuevas aristas y posibilidades de domesticación relativa.[2] 

viernes, 30 de mayo de 2014

Carl Schmitt en la Argentina (muerte y transfiguración de los ´70)


Los Violadores, Y que dios nos perdone (1989)

Ellos son...



¿Quién está violando los derechos humanos?
¿Quién está violando el derecho a vivir ?

Con tus bombas multiplicas a quien odias

si hay esperanzas no está en un fusil.

Ellos son la guerra enmascarada.
Ellos son la lucha apasionada,
te fusilan por amor.
Ellos son una revolución.

No dan en la tecla
no le pasan ni cerca
cuando mueren inocentes
en su estúpida guerra
almas que se fueron
o desaparecieron
tus hijos nacerán
habrá un mundo nuevo.

Ellos son la guerra inmaculada.
Ellos son una lucha iluminada
te fusilan por amor. 
Ellos son una revolución.

Resistir hasta el final es el lema
rojo y negro son diferentes emblemas.
Ellos son la pura verdad
y el Comandante Che Guevara
se les ilusionará.

Ellos son la guerra enmascarada.
Ellos son la lucha apasionada,
te fusilan por amor.
Ellos son una revolución.

Ellos son la izquierda peligrosa.
Ellos son la derecha religiosa.
Ellos son la guerra y la paz.
Ellos lo decidirán.
Ellos son una revolución..... 




(PIL-STUKA)

jueves, 26 de enero de 2012

Intermitencias y mutaciones en la idea de revolución. La génesis de una subjetividad revolucionaria peronista

La revista Contorno nació a partir de la inquietud de algunos jóvenes intelectuales de izquierda por el estudio de la cultura nacional, y especificamente el peronismo. Brindó una nueva forma de analizar el fenómeno en su profunda dimensión, entendiéndolo como un periodo de transformaciones que atravesaron transversalmente a la totalidad de la sociedad, que no solo no han reformulado su status quo, sino que le otorgaron vitalidad posibilitando su continuidad. Desde esta perspectiva, la publicación se diferenció marcadamente del resto del mundo intelectual empeñado en develar el “intrincado simulacro” de una época signada por la mentira y la “puesta en escena”
Este esfuerzo por “comprender” elementos complejos sin reduccionismos significó también entrar en conflicto con el marco referencial hasta allí predominate. Si hubo algo distintivo en el grupo. fue sin dudas la renovación en los estudios de la producción cultural nacional y la centralidad del enfoque de clase, compromiso ideológica y prisma con que se observó la época.

miércoles, 25 de enero de 2012

Combates por la Historia

Usos y  abusos de la Historia[1]

En junio del 2006 dialogamos junto a mis colegas Cecilia Gascó y Gonzalo Castaños con el historiador Juan Suriano[2] sobre diferentes cuestiones inherentes al ámbito historiográfico. Publico este fragmento donde adquiere centralidad la discusión sobre este nuevo tipo de revisionismo ligado al mercado y su consumo. Hablamos también del renovado interés por la lectura de la historia, el oficio de historiador y la divulgación académica.

lunes, 23 de enero de 2012

Revolución y realidad latinoamericana


Si la Primera y Segunda Internacional constituyeron una autentica federación de partidos, a partir de Lenin, la Tercera Internacional se formalizó como  un  Partido Comunista Mundial. La revolución mundial cobrará fines más prácticos e inmediatos: la consolidación del único Estado obrero y la construcción del socialismo ruso. Por su parte, la principal influencia del Comintern en Latinoamérica estuvo en el ámbito teórico, no solo en la absorción del socialismo, sino en el análisis de problemas estructurales y soluciones radicales totalizadoras por etapas. La izquierda latinoamericana tuvo que definirse prácticamente en su totalidad en relación al  Comintern. La Tercera Internacional solo se referirá a la revolución latinoamericana como un soporte de la revolución mundial (europea) en términos de la relación dialéctica potencia colonial – colonia.[1] De esta forma, quedo condenada a ser la última por determinantes estructurales y por esta misma circunstancia, subordinarse al Partido Comunista ruso y a la clase obrera de EE.UU, pensada como la única capaz de ocupar el rol tutelar y pedagógico por su desarrollo en la lucha por la emancipación del resto de los pueblos americanos.[2]
En ese contexto,  José Carlos Mariátegui, para muchos uno de los más influyentes  intelectuales  marxistas que Latinoamérica haya arraigado, fue un caso excepcional.

martes, 10 de enero de 2012

Género y estructura familiar en la Argentina (1930-1950).Una mirada desde la publicidad gráfica.


Al intentar describir el impacto de la modernidad en la Argentina  de la primera mitad del siglo XX es necesario tener presente algunas cuestiones. En primer término, no debemos perder de vista que constituyó un largo proceso de cambios ocurridos en por etapas y con ritmos desiguales en los diferentes ámbitos, regiones y grupos sociales que definieron una época de transición[1]. Por otro lado, la principal característica de la modernidad es movilidad y el desanclaje, sea de pautas culturales, costumbres, instituciones o normas, en la Argentina, además de adquirir rasgos distintivos por la participación e integración de elementos propios, estuvo atravesado por  el particulares.
Desde su nacimiento, la publicidad ha sido un elemento esencial de la sociedad de consumo. En efecto, el aceleramiento del proceso de modernización y el advenimiento de la sociedad industrial han transformado a la publicidad en espejo de rupturas (en términos transformaciones) y continuidades. Por su parte, se constituyó ella misma un factor transformador teniendo en cuenta su decisiva  posición en el  impulsó de cambios dentro de la sociedad consumo.
Tras analizar ciertos aspectos de la publicidad grafica argentina de las décadas del ´30 y ´40 del siglo XX  observamos la convivencia de elementos modernos y tradicionales en términos de pautas y comportamientos culturales. Es así como se abre un espacio novedoso en términos de consumo que interpela directamente a la mujer, pero que lo hace sobre la base de modelos sociales fuertemente arraigados, como lo son los mandatos de género. De esta forma, se buscó captar la atención del público femenino siguiendo la lógica de subordinación masculina, apelando al cuerpo, al sentimiento, al erotismo, a la dulzura, la belleza etc. Al mismo tiempo, prácticas que tiempo atrás eran patrimonio del género masculino como fumar, comienzan a ser resignificadas y admitidas socialmente en la mujer, apelando a las características de género (avisos1-8). Un caso paradigmático fue el de Alpargatas, cuya publicidad no solo se centró al público masculino adoptando formas varoniles y tradicionales como los paisanos de perfil fiero. A partir de 1920 comienzan a ser comunes las figuras femeninas eróticas, seductoras, que muestran piernas y escotes. Una forma de presentar los valores de género vigentes para fascinar tanto a hombres y mujeres.
La estructura familiar también sufrío modificaciones. El control de la natalidad a través de prácticas anticonceptivas modernas pero sobre todo la reducción de la etapa fértil producto de de casamientos tardíos produjeron una caída de la tasa. Esta reducción preocupó a contemporáneos y fue acompañada por un discurso “natalista” que exaltaba los valores y la función materna[2]. La publicidad gráfica acompaño esta corriente relacionando los productos de consumo con valores que se desprenden del rol materno (avisos 10, 11 y 12) Sin dudas que este comportamiento obedeció a la reducción de las posibilidades de ascenso que suponía la conformación de una familia numerosa en los sectores medios y posteriormente subalternos durante la primera mitad del siglo XX. Consecuentemente a la  idea de progreso y ascenso social se impuso un modelo hegemónico de familia nuclear, heterosexual, donde  la sexualidad solo tiene una función reproductiva, quedando establecidos la división de tareas y su complementariedad sobre la base de mandatos de género establecidos. Así, la figura del “macho-proveedor” y de la “mujer-madre-ama de casa” continuaron siendo los modelos de género de la estructura familiar moderna.
El Estado jugó un rol activo en el establecimiento de este modelo a partir de la  legislación vigente y los programas educativos. Pero fue durante las presidencias de Juan Perón, que asumió una perspectiva comprensiva dándole entidad a los sujetos que se encontraban al margen de estos comportamientos. Así, se predispuso a  integrar y legitimar las uniones consensúales, aunque siempre sobre la base y la reafirmación de estereotipos de género[3]. La publicidad gráfica de la época cumplió un rol activo en cuanto a estas construcciones sociales. Es muy común observar avisos cuyas imágenes reconstruyen la noción de familia nuclear y del hogar, con la madre al cuidado de  sus hijos, y el padre proveedor en su trabajo. Un recurso que parece haber sido muy utilizado sobre todo por la industria alimenticia como los casos de Nestle y Bagley, quienes interpelaron a la mujer desde los roles de ama de casa y  madre (avisos 9, 10 y 12)
 El período analizado experimentó transformaciones tan aceleradas y profundas  como nunca antes en la historia. Estos cambios convivieron con formas tradicionales. El ideal de familia nuclear burguesa se construyó sobre bases tradicionales como la subordinación y lo mandatos de género, y lo hizo a partir de políticas públicas e incluso desde espacios ligados a la vida moderna como lo es en si la  publicidad. Este análisis ha intentando dar cuenta de los límites de la modernidad como fuerza transformadora dentro de una época de transición hacia la formación de la sociedad de masas.

   




















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Bibliografía



Ø Cosse, Isabella; Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar 1946-1955, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2006.


Ø  Germani, Gino; Política y Sociedad en una Época de Paidos, Buenos Aires, 1965.


Ø  Miguez, Eduardo; Familias de clase media: la formación de un modelo, en Devoto, Fernando, Madero, Marta (DIR.)  Historia de la vida privada en la Argentina, tomo 2, La Argentina plural: 1870-1930, Taurus, Buenos Aires, 1999.





[1] La primera etapa de urbanización fundada en la inmigración extranjera, como la segunda a base de la inmigración interna,  corresponden a un proceso de industrialización que cobro mayor intensidad a partir de 1930-35.  Su correlato fue la incorporación a actividades fabriles de una gran proporción de inmigrantes a las ciudades. Para los que se establecieron en grandes centros urbanos, especialmente el Gran Buenos Aires significó una mejora en el nivel de vida y la posibilidad de empleos más estables. Como consecuencia, se produjeron cambios en la estructura social de gran parte del país. La sustitución de una sociedad tradicional por un tipo de sociedad  que por su estratificación y características culturales se parece al modelo industrial urbano occidental, o como el caso de los grandes centros urbanos como Buenos Aires, coincide con ella. En Germani, Gino; Política y Sociedad en una Época de Transición (Cáp. 10 La familia en Transición en la Argentina) Paidos, Buenos Aires, 1965.


[2] Miguez, Eduardo; Familias de clase media: la formación de un modelo, en Devoto, Fernando, Madero, Marta (dir.)  Historia de la vida privada en la Argentina, tomo 2, La Argentina plural: 1870-1930, Taurus, Buenos Aires, 1999
[3] Cosse, Isabella; Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar 1946-1955 (Cáp. I La moral familiar en cuestión: el ideal de la domesticidad y sus márgenes) Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2006. 
[4]Publicidad nº 1 Tuil (1929)
 Publicidad nº 2 Alpargatas (1920-30)
Publicidad nº 3 American Club (1939)
Publicidad nº 4 Lux (1940)
Publicidad nº 5 Busto-lin (1940)
Publicidad nº 6 Calzado Victor (principios de la década de 1930)
Publicidad nº 7 Nucleodyne (1935)
Publicidad nº 8 Adelgazan (1931)
Publicidad nº 9 Toddy  (1952)
Publicidad nº 10 Knorr-Suiza (1952)
Publicidad nº 11 Malta Palermo (1943)
Publicidad nº 12 Nestlé (1947)

sábado, 12 de noviembre de 2011

Un pueblo inalcanzable. El proyecto y sus desmesuras en los orígenes de la Nación

De breve vida pública pero suficientemente intensa como para dejar un legado, miembro promisorio de la minoría ilustrada llamada a guiar al resto por el "camino de la virtud y la moral republicana"[1], Mariano Moreno ha dejado su huella en la Revolución. 
Desde una concepción elitista y tutelar de la sociedad,  su esfuerzo combinó  transformación con pedagogía revolucionaria: "EDUCAR AL SOBERANO". En esta perspectiva, el Decreto de Supresión de Honores  redactado en plena coyuntura revolucionaria devuelve nuevos sentidos.

Alpargatas y libros


En términos políticos, el 17 de octubre de 1945 fue un punto de inflexión entre dos épocas. A partir de allí emergió “una nueva forma de entender la política” cuyos resabios perduran hasta nuestros días. Sin embargo, el peronismo fue más que eso.  Ha calado tan hondo en la mentalidad colectiva que no se puede entender el siglo XX en la Argentina si no se echa mano a ese momento crucial de la historia. Como fenómeno cultural, amplificó y puso en evidencia la tensión de ciertos significados por prevalecer en la narración de la realidad. En este sentido, la historia fue campo fértil de argumentos y construcciones que buscaban explicar la “raíz del mal” o “la realización de un pueblo”, según las adhesiones políticas que correspondan.

martes, 18 de octubre de 2011

Neurosis colectiva: El pogrom de 1919




La introducción del sufragio universal en 1912 y, cuatro años más tarde, el triunfo de Hipólito Yrigoyen en las elecciones presidenciales marcan el ingreso en la vida política del país de los sectores medios y populares. Sin embargo,  la configuración del poder en la Argentina no se modificaría y el periodo radical estuvo signado por la conflictividad social. La oligarquía vio como la clase media comenzó a ocupar espacios en cuanto a lo político, lo cultural y lo social, antes reservados para sí. La movilidad social ascendente posibilitó que buena parte de esa clase media estuviera conformada por hijos de inmigrantes, transformándose en los sujetos aglutinantes de la cultura de mezcla. La ruptura del orden de la ciudad liberal tensionó la relación con el gobierno, y  amenazada por la “invasión” la oligarquía cerró filas y empezó a pensar en “la espada” como purificación.
El periodo radical se caracterizó al mismo tiempo por su escaso reformismo en lo social. El crecimiento económico ligado al modelo agroexportador estimuló el crecimiento de un mercado interno y el desahogo de la clase media. El alto índice de ocupación fue acompañado por niveles críticos de explotación y baja del salario. La creciente sindicalización de los sectores obreros y las huelgas tensionaron la relación con el gobierno llegando a escaladas violentas como la Semana Trágica de enero de 1919.
La complejidad del conflicto social de la época no termina de entenderse si no se presta atención al componente xenófobo. Si hasta el Centenario los prejuicios hacia el extranjero fueron de carácter estético o cultural, a partir de allí, el rencor pasó a ser social, y por ende político. Como bien sintetiza David Viñas, patologización, criminalización y punición.[1] Las xenofobia se yuxtapuso al conflicto de clase, y este fue humus fértil para que germine la reacción “nacionalista aristocrática”. Literaria, en hombres como Manuel Gálvez con El diario de Gabriel Quiroga, de choque en grupos de civiles armados como la Guardia Blanca, germen de la futura Liga Patriótica en  los ’20.  
“Incomodan a los criollos de pura cepa las nuevas ideas; incomoda la preponderancia que el elemento obrero, extranjero o de estirpe extranjera, pero argentino de alma, toma en la vida pública. Siempre ha sido mirada de muy malos ojos toda manifestación obrera, que significa extranjera” (Roberto Giusti, Nosotros Nº 26, febrero de 1910).[2]
Pesadilla, de Pinnie Wald exige ser interpretado bajo esta clave. Wald vive en carne propia el irracional y violento ataque a judíos en el barrio de Once durante la Semana Trágica.  En su relato Buenos Aires es presa de un estado de desorden extremo, un desajuste de lo real provocado por la pérdida de elementos de referencia del contexto. ¿Qué inspira a  un semejante a llevar a cabo una aberración de tal magnitud ? Precisamente el no ser considerado como tal, sino como un elemento amenazante: “Yo era el objeto de lo desconocido y, por lo tanto,  de lo  temido y peligroso. Yo era el otro, el extranjero, el innombrable, el distinto".[3] El terror inducido por las fuerzas del orden y los “niños bien” aglutinados en la Guardia Blanca durante el pogrom no fue espontaneo, su base fue la yuxtaposición de  xenofobia y conflicto de clases. El blanco de la violencia fue el judío de clase baja.[4] Wald,  encarcelado por el delito de ser el “Presidente del Soviet en la argentina a cargo de un complot maximalista”, fue militante y miembro activo del movimiento obrero. En enero de 1907 había fundado la Organización Socialista Democrática Judía Avangard Bundista y era jefe de redacción de su revista, Der Avangard, escrita en idisch, suficiente para ser considerado subversivo para la inteligencia policial de la época.
En ese mundo de representaciones, el  judío de clase baja materializó la alteridad en su máxima expresión en términos de hábitos y prácticas, transformándose en una autentica amenaza para el ser nacional: “Más salvajes aún resultaron ser las manifestaciones de los “niños bien” traídos por la tormenta. Bajo los gritos de “¡Muerte a los judíos! ¡Muerte a los extranjeros maximalistas!”, celebran orgías y actúan de una manera refinada, sádica, torturando a los transeúntes. He aquí que detienen a un judío y, después de los primeros golpes, de su boca mana sangre en abundancia. En esta situación le ordenan cantar el Himno Nacional. No puede hacerlo y lo matan en el mismo lugar”. [5]





[1] Viñas, D., Literatura argentina y política. Tomo II  De Lugones a Walsh  págs. 89-94.  Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2005.
[3][2] Ibíd.  pág. 93.
[3] Wald, P., Pesadilla .Una novela de la Semana Trágica, págs. 66.  Rosario, Ameghino, Buenos Aires, 1998.
[4] Szwarcbart, H.,  Un pogrom en Buenos Aires,  3 al 15 de abril, 2007. 9no. Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
[5] Wald, P., op. cit.  págs. 22-23 .